El pasado 27 de mayo tuve la oportunidad de asistir al evento #AERCOImasD. El centro Madrid International Lab acogió diversas ponencias sobre proyectos, metodología e investigación con miras al futuro de las redes sociales.
Abrió la jornada Mª Luz Congosto, Licenciada en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid y Máster en Telemática por la Universidad Carlos III. Su ponencia “La propagación al microscopio”, dejó una interesante comparación de Twitter con los “patios de vecinos” y varias reflexiones acerca de cómo nuestra “voz” salta de patio en patio.
El evento continuó con la presentación de la plataforma pedagógica ClipIt a cargo de la Dra. Estefanía Martín, una red social educativa basada en el aprendizaje sobre material audiovisual compartido, a la que siguió la ponencia del Dr. Pablo A. Haya Coll, Dtor. Social Business Analytics del Instituto de Ingeniería del Conocimiento (IIC), cuya presentación se centró en las técnicas para analizar y obtener el valor de la huella digital que dejamos al participar en redes sociales.
Fue Javier Sirvent, el último de los ponentes de la jornada, quien con su intervención acabó por animarme a escribir este post. En el turno de presentaciones se refirieron a él como “technology evangelist”, visionario… Ahí es nada. En mi caso, tengo que confesar que miro a la tecnología con una mezcla de atracción y recelo que intento depurar siempre con algo de sentido común por mi favoritismo hacia la primera. En la presentación, se abordó el papel que jugarían los clientes del futuro en las redes sociales. Y me pareció ver mucho de sentido común en la percepción de que, como profesionales de la comunicación, también tocará reinventarse. No sé lo cerca o lejos que podemos estar de vernos como Will Smith en “Yo, robot”, pero que pronto tendríamos los recursos para hacerlo realidad parece incuestionable, si es que no los tenemos ya. Javier Sirvent comentaba que uno de los sectores más avanzados ya en este sentido es el de la automoción. El video que habéis podido ver al principio lo ha subido Google hace apenas 1 mes. Es presente.
Es de sentido común por lo tanto aventurar que, efectivamente, algunos clientes del futuro serán muy distintos a los que hoy conocemos. Unos, porque su negocio habrá cambiado tanto que serán irreconocibles. Otros porque nunca existieron antes y habrán llegado anclados a una oportunidad bien aprovechada. Basta con echar un vistazo a nuestro alrededor para detectar un montón de perfiles profesionales desconocidos hace apenas un lustro. Que la comunicación siga el mismo camino que los futuros clientes o marcas parece conducirnos a la misma “fiesta”. Una cita que ya ha comenzado a gestarse con los últimos avances en Inteligencia Artificial y con la influencia del omnipresente BigData. El llamado “Internet de las Cosas” parece haber tomado un impulso definitivo para convertirse en anfitrión del cotarro y empezar a destapar las sorpresas que nos esperan en forma de oportunidades de negocio. Google está trabajando ya en un sistema operativo específico, una plataforma filtrada con el nombre de Brillo, que permitirá controlar los objetos del hogar que estén conectados. Es lo que nos viene. Casas, vehículos, los famosos wereables… todo conectado y todo… independiente. Porque las cosas sabrán todo de nosotros, tendrán conocimiento de nuestras vidas hasta el más mínimo detalle y les habremos hecho “entender” qué es lo que más nos conviene y cómo conseguirlo. En esa tarea no podremos tachar de la lista a la creatividad. Al contrario. Es posible que tenga otra textura, que se ocupe esencialmente de diseñar estrategias, aportar valor y mejorar las experiencias de usuario, pero será en todo caso imprescindible para descifrar la relevancia de la información y el sentido de sus aplicaciones. La interpretación inteligente de los datos es ya uno de los objetivos prioritarios de las grandes corporaciones.

Mientras afinamos esa maquinaria, os dejo con un caso premiado en el último Festival of Media Global. Viene a colación por obtener su reconocimiento en una categoría denominada The Smart Use of Data Award. Como veis, algunos ya se han apuntado a la fiesta.

En algún momento nos preguntaremos qué querrá un coche que le “digamos” para que decida por sí mismo en qué estación de servicio repostar, o qué tendremos que comunicar al frigorífico para que haga el pedido de la semana sin consultar. Seguramente, responderemos con cierta indolencia que solo datos. Empiezo a sospechar que el peso de lo “programático” sea entonces tan dominante que muchas de nuestras prácticas actuales sean solo hitos de una nueva nostalgia.